El tiempo de Adviento es el momento del año litúrgico en el que nos preparamos para celebrar la Navidad.
Cuatro semanas de recorrido por nuestra esperanza para poder llegar, a festejar, la fiesta del Nacimiento de nuestro Redentor. Aunque pensemos que estos son tópicos que repetimos cada año y que parece que no tiene ya mucho sentido, porque hasta los cristianos hemos caído en los caminos de la desesperanza y de las apariencias.
Cuando llega este mes de diciembre, parece que se nos mueve algo en el corazón que nos llama esperar y a celebrar, a unirnos y a querer cambiar el corazón y hasta la vida.
Tenemos que luchar, para que estos buenos sentimientos se conviertan en acciones y nos veamos cambiando lo que hay a nuestro alrededor, sobre todo lo que es oscuro, tenebroso y sin sentido, poniendo un poco de ternura, de luz y de amor, de positividad y de ganas renovadas. No podemos dejar de intentarlo y de hacerlo.
El Adviento no tiene sentido sin la Navidad, y la Navidad no tiene sentido si no tenemos claro que celebramos el Nacimiento de Cristo, y no cualquier otra cosa.
Tenemos que luchar, para que estos buenos sentimientos se conviertan en acciones y nos veamos cambiando lo que hay a nuestro alrededor, sobre todo lo que es oscuro, tenebroso y sin sentido, poniendo un poco de ternura, de luz y de amor, de positividad y de ganas renovadas. No podemos dejar de intentarlo y de hacerlo.
El Adviento no tiene sentido sin la Navidad, y la Navidad no tiene sentido si no tenemos claro que celebramos el Nacimiento de Cristo, y no cualquier otra cosa.
No claudiquemos y cogidos de la mano de María, la mujer del “SI”, acerquémonos y contemplemos la ternura de Dios en el Niño Santo del pesebre de Belén.

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