viernes, 25 de octubre de 2019

Palabras del Párroco

YO SOY MEJOR

La sociedad de la imagen y de las apariencias ya cubre todo y llena cualquier lugar de nuestro mundo más próximo. Nos gusta más aparentar y mostrar lo que decimos ser, antes de lo que somos, y pos supuesto, lo hacemos siempre en detrimento de los demás, porque somos mejores que los demás, aunque nos podamos camuflar de humildes y de sencillos.

Cuando lo que está de moda son los youtubers, los influencers y los instagramers, y se vanaglorian de serlo, porque hay que vivir como ellos y hacer lo que ellos hacen, nos hemos olvidado que estamos volviendo a lo de siempre, a imitar a los que se presentan como lo mejor y como “el no va más”, y que pobreza personal si caemos en esto, o si seguimos queriendo hacer acepción de personas, aireando lo de todos y mostrándonos como los imprescindibles.

Ya es hora de que, incluso en la Iglesia, demos cabida a las palabras y al ejemplo del Maestro de Nazaret. Es hora de que nos bajemos del pedestal de que “sin mí no se hace nada”, o del de “yo tengo que estar para que salga todo”, y nos dediquemos ha abrir caminos de unidad en los que estemos todos, quepamos todos, enseñemos a todos y mostremos que todos somos necesarios porque, hasta con nuestra pobreza, sea la que sea, tenemos algo que aportar y algo que, seguramente, nos hará crecer a todos.

No perdamos de vista la enseñanza del Evangelio de esta semana, en la que Jesús alaba la oración sencilla, pobre, humilde y realista, del publicano, del pecador público, que desde el reconocimiento de su realidad personal, solo le pide a Dios que le perdone y le ayude, frete a la del fariseo, el puro, el legalista, el aparente cumplidor, que se atreve a dar gracias, porque no es como los demás, que por supuesto, son más malos que él.

Necesitamos, como dice el Papa Francisco, una Iglesia herida, pobre, caída y enseñando el Reino de Dios, pase lo que pase, porque así es más ella misma, más creíble y anunciadora del mensaje del amor de Dios. Y para eso no podemos seguir siendo creyentes de costumbres, de los de las llaves, de los de cerrar puertas, de los que recogen solo para sí. Sino creyentes de Sagrario, de corazón abierto, escuchadores y vividores de la Palabra de Dios, y de los que anunciamos a pie de calle, como nos ha enamorado Dios.

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